¿Es un sacrilegio o simplemente una forma más de disfrutar el vino? La pregunta “¿vino con hielo?” divide a quienes defienden la tradición y quienes apuestan por la espontaneidad. Como casi todo en el mundo del vino, la respuesta no es blanca o negra. Depende. De la ocasión, del vino, del calor que hace y, por qué no, del humor con el que una se levante ese día.
Lo que dice la ortodoxia
Si preguntas a un sumiller, probablemente frunza el ceño. El hielo baja la temperatura del vino rápidamente y, sobre todo, lo diluye. Eso, en vinos con cierta complejidad, puede aplanar aromas y matar texturas. Un tinto con cuerpo, por ejemplo, necesita su temperatura justa para abrirse, para decir lo que tiene que decir. Echarle hielo es como ponerle un silenciador.
Pero luego está la vida
Porque no todo el vino se bebe en catas. A veces se bebe en una terraza a 35 grados. A veces es un blanco sencillo que no ha tenido tiempo de enfriarse. O un rosado del que no esperas más que frescura y ligereza. Ahí el hielo no molesta. Al contrario: ayuda.
También están esos momentos en los que el vino acompaña más que protagoniza. Un vermut con hielo y rodaja de naranja. Un tinto de verano bien frío. Un blanco del año en copa grande, con hielo, en una charla que se alarga. ¿No es eso también disfrutar del vino?
La alternativa intermedia
Si la idea de aguar el vino te echa para atrás, hay trucos. Las uvas congeladas (sí, uvas) enfrían sin diluir. También los cubitos de acero inoxidable o de silicona rellenos de gel. Pequeños gestos para respetar el vino sin renunciar a la comodidad.
¿Y tú?
¿Le pones hielo al vino? ¿Lo has hecho alguna vez a escondidas? ¿Te ha salvado una tarde de verano? Al final, lo importante no es la norma, sino la experiencia. Y el vino —con o sin hielo— también va de eso.