La Temeraria: un rosado pensado para quedarse

Hay botellas que llaman la atención antes incluso de abrirlas. La Temeraria es una de ellas. Por el nombre, por una etiqueta que obliga casi a detenerse para leerla y, una vez en la copa, por ese color rosa frambuesa intenso que ya anticipa que estamos ante un rosado con personalidad.

Pero lo verdaderamente interesante aparece cuando conocemos cómo está elaborado. Porque La Temeraria no responde precisamente a esa idea del rosado sencillo que abrimos muy frío cuando llega el verano. Estamos ante un vino elaborado con Tempranillo, fermentado en barrica y con nueve meses de crianza sobre sus lías.

Y esto cambia bastante las cosas.

Dehesa La Granja, la bodega detrás de La Temeraria

La Temeraria se elabora en Dehesa La Granja, la bodega de Familia Fernández Rivera situada en Vadillo de Guareña, Zamora.

Hablar de Familia Fernández Rivera es hacerlo de una familia estrechamente ligada al vino español. Su historia comenzó con Alejandro Fernández y Tinto Pesquera, en Ribera del Duero, y con los años el proyecto fue creciendo incorporando otras bodegas, entre ellas Dehesa La Granja.

Es precisamente en esta finca zamorana donde nace La Temeraria, elaborada con 100 % Tempranillo procedente de viñedos con una edad media de 25 años y plantados sobre suelos franco-arenosos.

Una variedad que asociamos inmediatamente a grandes tintos españoles y que aquí nos muestra una cara completamente diferente.

Un rosado que pasa nueve meses sobre sus lías

Probablemente sea la elaboración lo que mejor explica la personalidad de este vino.

La vendimia se realiza manualmente y la uva pasa por un prensado directo en prensa vertical. Después, el mosto fermenta en barricas de roble americano de 225 litros.

Y el proceso no termina ahí.

Tras la fermentación, La Temeraria permanece durante nueve meses sobre sus lías, realizando batonages mensuales. Es decir, durante la crianza esas lías se remueven periódicamente para volver a ponerlas en contacto con el vino.

¿Y qué aporta todo esto?

Principalmente volumen, textura y complejidad. El trabajo con las lías permite construir un vino con más cuerpo y una sensación más envolvente en boca, además de contribuir a su capacidad de evolución.

De hecho, la propia bodega habla de La Temeraria como un rosado de guarda, pensado para evolucionar en botella y desarrollar mayor complejidad con el paso del tiempo.

Y me gusta especialmente este punto porque todavía nos cuesta colocar juntas dos palabras: rosado y guarda.

Mucho más que fruta

En copa encontramos un bonito color rosa frambuesa, limpio y brillante.

En nariz aparecen frutas rojas y notas florales, especialmente violetas, junto a recuerdos balsámicos, mentolados y algunos matices especiados.

Pero para mí es en boca donde se entiende realmente el trabajo realizado en bodega.

La fruta sigue presente, pero encontramos también volumen y una textura que habla claramente de esos meses de crianza sobre lías. Tiene una acidez marcada que aporta frescura y equilibra el conjunto, dejando además una persistencia muy agradable.

Es un rosado con estructura, pero conserva esa sensación fresca que buscamos en este tipo de vinos.

Y precisamente por eso tiene muchas más posibilidades en la mesa de las que a veces concedemos a un rosado.

Los rosados también son vinos de mesa

Durante mucho tiempo hemos colocado al rosado en un lugar demasiado pequeño.

Aperitivos, terrazas, verano y poco más.

Y la realidad es que dentro de los rosados encontramos estilos completamente diferentes. Hay vinos jóvenes y tremendamente frescos, otros más gastronómicos, elaboraciones con lías, fermentaciones o crianzas en madera e incluso vinos, como este, concebidos para evolucionar con el tiempo.

La Temeraria puede funcionar perfectamente como aperitivo, pero tiene estructura suficiente para seguir acompañándonos durante toda la comida.

Pasta, arroces tanto de carne como de pescado, pollo y carnes blancas son algunas de las propuestas de la propia bodega. Yo jugaría también con platos donde esa combinación de fruta, acidez y volumen pueda hacer su trabajo.

Eso sí, cuidado con servirlo demasiado frío.

La recomendación está alrededor de los 10 ºC, una temperatura que permite disfrutar de su frescura sin esconder los aromas ni la textura que aporta su elaboración.

¿Quién dijo que el rosado termina en agosto?

Quizá septiembre sea uno de mis meses favoritos para hablar de rosados.

Todavía tenemos días de calor, pero nuestra mesa empieza poco a poco a cambiar. Y es entonces cuando vinos como La Temeraria tienen todavía más sentido.

Porque un rosado no tiene por qué tener temporada.

Y mucho menos cuando detrás hay una elaboración pensada para darle estructura, complejidad y capacidad de evolución.

La próxima vez que alguien os diga que los rosados son solo para el verano, quizá haya que ponerle delante una copa como esta.

Y dejar que sea el vino quien responda.

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